La compañía que nunca imaginé necesitar.
By Erika Sin Plan
Han escuchado esa frase que dice que la vida trabaja de maneras misteriosas?
Justo de eso quiero hablar hoy.
Durante mucho tiempo pensé que no era una persona de mascotas. Me gustaban los perros, sí... pero de lejitos. Se me hacían hermosos, siempre y cuando no terminaran llenándome de pelitos porque, sinceramente, no lo soportaba
Con el tiempo llegó la pandemia y, como a muchos, el trabajo se convirtió en home office. Así pasé varios años, hasta que empecé a sentir una soledad que antes no conocía.
Fue entonces cuando pensé que quizá un compañero de cuatro patas podría ayudarme en muchos aspectos de mi vida, incluso en mi salud mental. Pero no estaba segura de que fuera la mejor decisión. No sabía si realmente estaba dispuesta a hacerme responsable de un perro: de sus cuidados, de los gastos y, sí, hasta de los pelitos que tanto decía que no soportaba.
Aunque investigué mucho sobre lo que implicaba tener uno, terminé convencida de que esa idea podía esperar y que mi dinero debía destinarse a otras prioridades.
Hasta que un día, caminando por un parque, vi una jornada de adopción.
La verdad es que nunca fui con la intención de adoptar a un perro; simplemente fue una casualidad. De hecho, el perrito que primero llamó mi atención ya no estaba disponible.
Entonces alguien me dijo:
—¿Y por qué no conoces a otra?
Pensé: “Está bien, pero dudo mucho que me haga sentir lo mismo.”
ue entonces cuando abrieron una de las jaulitas.
Salió una perrita que, desde el primer segundo, no dejó de buscarme. Me saltó, se dejó acariciar y no se separó de mí.
Algo tenía su mirada.
Hasta hoy no puedo explicar qué fue. Solo recuerdo que empecé a llorar y, casi sin pensarlo, dije:
“Me la llevo.”
No me importó nada más.
Después me explicaron que tenía siete meses. Que, para muchas personas, ya era una perrita “grande” y por eso era más difícil encontrarle una familia. De todos sus hermanos, solo quedaba ella.
Yo ya había tomado la decisión.
Pero todo cambió cuando cruzamos la puerta de mi casa.
Esa perrita tan cariñosa...
en realidad no era cariñosa.
Era su manera de pedir auxilio.
Muy pronto entendí que había sufrido muchísimo. Era una perrita desconfiada y miedosa. Cualquier ruido la asustaba. Caminaba con el cuerpo agachado, las escaleras le aterraban, se hacía del baño por miedo y, aunque apenas era una cachorrita, ya sabía lo que era sufrir.
Nunca voy a saber ni comprender todo el daño que le hicieron, todo el maltrato que sufrió.
A pesar de que no me gustaba llenarme de pelitos, busqué la manera de hacerle entender que nadie nunca volvería a hacerle daño. Pasé de quererlos de “lejitos” a abrazarla tan fuerte como pudiera, esperando que por fin sintiera paz.
Ese día le prometí que, a mi lado, juntas, íbamos a superar todos los miedos que tuviera. Que siempre tendría un techo y un plato de comida.
Porque, de verdad, todavía hoy me duele imaginar todo lo que vivió.
Hoy esa perrita de siete meses ya tiene tres años. Y aunque no he logrado borrar por completo sus miedos, sí sé perfectamente que he logrado hacerla inmensamente feliz.
Porque ahora, cuando cruzo esa puerta, sigo viendo los mismos ojos de hace más de dos años.
La diferencia es que ya no veo dolor.
Veo tranquilidad.
Veo confianza.
Veo amor.
Y mientras ella dejó de tenerle miedo al mundo... yo aprendí a querer a alguien como nunca imaginé que podría hacerlo.
Fue entonces cuando entendí que sí... la vida trabaja de maneras misteriosas.


